Cucarrones

 Montes de Reserva El Amargal, Arusí, Nuquí, Chocó (Pacífico colombiano)






Verlas allí me cambió o me movió a tomar una importante decisión... otra historia. 

Allí decidí que no quería sacrificar organismos vivos para llevar a cabo ciertos estudios ecológicos que permitieran saciar mi curiosidad... enfrentar y ser responsable de las decisiones. 

Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk

En el interior de la cajita transparente había un escarabajo muerto. Yo lo habría llamado simplemente Bichito. Era pequeño, de color marrón, más bien ordinario. Yo había visto algunos escarabajos preciosos, pero aquél no era desde ningún punto de vista algo excepcional. 
-¿Por qué está muerto?-pregunté.
-Le ruego que no crea que soy uno de esos aficionados que asesinan a los insectos y los convierten en especímenes.
Lo encontré así.
Recorrí a Boros con la mirada e intenté adivinar de que estaba enfermo.
Dijo que examinaba los troncos muertos, aquéllos carcomidos de forma natural y los talados, en busca de larvas de Cucujus haematodes. Las contaba, las inventariaba y anotaba los resultados en un cuaderno que tenía por título Situación en los bosques del condado de ktodzko de algunas especies escogidas de coleópteros saproxílicos que se encuentran en las listas de los anexos II y IV de la Directiva de Hábitat de la Unión Europea, y propuesta de protección de los mismos. Un proyecto. Leí con suma atención el título, lo cual me liberó de la obligación de echar un vistazo al interior.
Me dijo que me imaginará que la Dirección de Bosques Estatales no tenia conciencia alguna de que el artículo 12 de la Directiva obligaba a los estados miembros a establecer un sistema de protección rigurosa del hábitat de reproducción y de prevención de la destrucción del mismo. Por el contrario, permite que las empresas saquen la madera del bosque a pesar de que es ahí donde los insectos ponen sus huevos y de donde saldrán después las larvas. Las larvas llegan más tarde a los aserradores y a las fábricas madereras y no queda ni huella de ellas. Todas mueren y ni siquiera nos enteramos de ello. Y la vida sigue como si no hubiera culpables. 
-Aquí, en este bosque, todos los troncos están llenos de larvas de Cucujus haematodes -dijo-. Durante la tala de los árboles incluso queman parte de las ramas. Y arrojan al fuego ramas llenas de larvas.
Pensé entonces que cada muerte provocada injustamente merecía algún tipo de publicidad. Incluso la de un insecto. Una muerte de la que nadie sabe nada se convierte en un doble escándalo. Y me gustó lo que hacía Boros. Oh, sí, me había convencido, estaba totalmente de su parte.
De hecho, de todas formas tenía que ir a hacer mi ronda, así que decidí unir lo interesante y lo útil y acompañé a Boros al bosque. Con su ayuda , los troncos me mostraron sus secretos. Lo que parecían troncos normales de cualquier árbol resultaron ser reinos completos habitados por criaturas que cavaban pasadizos, cavidades y túneles para colocar sus valiosos huevos. Las larvas tampoco eran excesivamente hermosas, pero me emocionaba lo confiadas que eran, la facilidad con la confiaban su vida a los árboles, sin imaginar que aquellas enormes criaturas inmóviles eran realmente tan frágiles, y que además dependían completamente de la voluntad humana. Era difícil imaginar que esas larvas morirían en el fuego. A lo largo de ese día, Boros levantó parte del manto del bosque y me mostró algunas especies, raras o no tan raras: el Osmoderma eremita o escarabajo del reloj de la muerte (quién sería capaz de imaginar que vivía ahí, bajo la corteza desprendida del árbol), y el Carabus auronitens  (ah, así se llamaba; lo había visto tantas veces y siempre era un brillante ser anónimo), el Hister impressus, bello como una gatita de mercurio, el ciervo volante menor (curioso nombre, ¿por qué no bautizar a los niños con los nombres de los insectos? Y los nombres de los pájaros, y de otros animales). Cerambícido Coleóptero. Cerambícido Kowalski. Drosophila Nowak. Corvus Duszejko... Son sólo algunos de los nombres que retuve. Las manos de Boros hacían magia, esbozaban símbolos misteriosos y de repente aparecía ya fuera un insecto, una larva o unos huevos en forma de racimo. Pregunté cuáles eran de provecho, y aquella pregunta indignó muchísimo a Boros.
-Desde el punto de vista de la naturaleza no hay criaturas útiles e inútiles. Eso no es más que una estúpida diferenciación que aplican las personas.
Llegó por la tarde, tras la caída el crepúsculo. Lo invité a pasar la noche en mi cada en cuanto me dijo que no tenía dónde dormir... Le hice una cama de una salida de estar, pero todavía pasamos un rato juntos. Saqué media botella de licor que me había quedado de los tiempos en que venía a verme Pandedios. Boros me estuvo contando de todos los posibles de chanchullos y malversaciones de la Dirección de Bosques de Estado, pero después se relajó. Me era difícil entenderlo, porque cómo se puede tener una actitud tan emocional hacia algo que se llama Dirección de Bosques del Estado. La única persona que yo relacionaba con aquella institución era el guardabosques al que bauticé Ojo de Lobo. Lo llamé así porque tenía las pupilas alargadas. Al margen de eso era una persona honrada.
Y así fue como Boros se quedó en casa un buen tiempo. Todos los días, por la tarde, anunciaba que al día siguiente vendrían a buscarlo sus estudiantes o los voluntarios de Acción Contra D. B. E. , pero todos los días resultaba que se le había estropeado el coche, que habían tenido que ir a otro lugar por un asunto importante, que por el camino se habían quedado en Varsovia , e incluso una vez que habían perdido el bolso con los documentos, etcétera. Yo empezaba a temer que Boros anidara en mí cada como una larva de Cucujus en el tronco de una pica y que sólo la Dirección de los Bosques del Estado sería capaz de sacarlo de allí. Aunque debe reconocer que intentaba no ser un estorbo, e incluso resultaba de gran ayuda. Por ejemplo, limpió el cuarto de baño con conciencia y con total entrega.
Llevaba en la mochila un pequeño laboratorio, una caja con ampollas y frasquitos, y allí, como él decía, ciertas sustancias químicas sintéticas que reproducían increíblemente bien las feromonas de los insectos. Él y sus estudiantes experimentaban con aquellos compuestos químicos fuertemente activos para, en caso de necesidad, incitar a los insectos a que se reprodujeran en otro lugar distinto de su hábitat natural.
-Si untas con esto un trozo de árbol, las hembras de los coleópteros harían lo imposible por poner allí sus huevos. Llegarán hasta ese tronco desde cualquier lugar en los alrededores, sentirán el olor a varios kilómetros de distancia. Bastan unas gotas.
-¿Por qué no huelen así las personas? -le pregunté-
-¿Y quién te ha dicho que no huelen?
-No percibo nada.
-Igual no sabes que los estás percibiendo, querida, y tu vanidad humana te invita a creer en el libre albedrío.
La presencia de Boros me recordaba cómo es vivir con alguien. Y lo incómodo que resultaba. Cuánto sacaba a uno de sus pensamientos propios y cuánto distraía. Cómo la otra persona empezaba a incordiar no haciendo algo que molestara, sino por el mero hecho de estar ahí. Y cuando él salía por las mañanas al bosque, yo bendecía mi preciosa soledad. Cómo era posible, me ponía a pensar, que la gente viviera junta decenas de años en un espacio pequeño. Que durmiera en una misma cama, echándose el aliento mutuamente y molestándose sin querer durante el sueño. No era que no me hubiera pasado a mí también. Durante un tiempo dormí con un católico en la misma cama y de aquello no salía nada bueno. 
 

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